El parapente llegó a mi vida como una revelación. Después de años dedicándome al ciclismo y al montañismo, descubrí que había una forma completamente diferente de conectar con la naturaleza: desde el aire.
Mi primer vuelo fue en Esquel, sobre los paisajes que conozco tan bien desde tierra. Pero verlos desde arriba cambió todo. La sensación de libertad es indescriptible. No hay motor, no hay ruido, solo el viento y tú.
El momento del despegue
Recuerdo perfectamente ese primer despegue. El corazón latiendo fuerte, la vela inflándose detrás de mí, y de repente... el suelo desaparece bajo mis pies. No es caer, es elevarse. Es como si la montaña te regalara alas.
Los primeros minutos son pura adrenalina. Tu mente está procesando mil sensaciones nuevas: el arnés que te sostiene, el control de los frenos, el viento en tu cara, y sobre todo, esa vista panorámica de 360 grados que te deja sin palabras.
Aprender a leer el cielo
Con el tiempo, el parapente se convirtió en mucho más que un deporte. Es una forma de leer el cielo, de entender las corrientes térmicas, de sentir la atmósfera. Cada vuelo es diferente, cada día el aire te cuenta una historia distinta.
Aprendí a buscar las térmicas, esas columnas de aire ascendente que te permiten ganar altura sin esfuerzo. Es como bailar con el viento, encontrar el ritmo perfecto entre ascender y planear.
La Patagonia desde el aire
Volar en Patagonia es un privilegio. Los lagos turquesa, los bosques de lengas, las montañas nevadas... todo cobra una dimensión nueva desde el aire. He volado sobre el Lago Futalaufquen, sobre los cerros que rodean Esquel, y cada vez es como la primera vez.
Hay algo mágico en compartir el espacio con los cóndores. Verlos planear a tu lado, maestros del vuelo, te hace sentir parte de algo más grande. Ellos llevan millones de años perfeccionando lo que nosotros apenas estamos aprendiendo.
Por qué vuelo
Me preguntan seguido por qué me gusta tanto volar. La respuesta es simple y compleja a la vez: porque me hace sentir viva. En el aire, todos los problemas quedan en tierra. Solo existes tú, tu vela, y el momento presente.
Es meditación en movimiento. Es desafío y paz al mismo tiempo. Es recordar que los humanos siempre soñamos con volar, y ahora podemos hacerlo.
Cada vuelo me enseña algo nuevo: sobre el viento, sobre la montaña, sobre mí misma. Y cada aterrizaje me deja con ganas de volver a despegar.
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